Giacomo tiene la amabilidad de antaño. En su pequeñísima tienda de comestibles, encajada entre las calles del centro histórico, consigue tener todo lo que se necesita: desde galletas hasta pasta, desde detergentes hasta la célebre focaccia con mortadela, amada por generaciones. Cuida cada estantería con dedicación, y cuando entras te recibe su sonrisa discreta y la sensación de que aquí nadie está nunca de paso.









