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A principios de noviembre, cuando el aire se vuelve más fresco y el bosque huele a hojas húmedas, el pueblo se llena del calor de la Sagra del Marrone, la fiesta que celebra el fruto más preciado de la zona.

Las calles se animan con música, puestos de productos típicos, risas y castañas asadas que crepitan. Pero el momento más esperado llega cuando aparece ella: la Signoraccia. Una gran marioneta de formas generosas, criatura antigua y misteriosa, que baila entre la gente al ritmo de la música popular. La ves moverse, oscilar, casi respirar. Es un símbolo arcaico, vinculado a los ritos de la cosecha, a las divinidades de la fertilidad y a la fuerza creadora de la tierra.

Y cuando, al final, la Signoraccia es quemada, el fuego ilumina los rostros de la comunidad. Es un rito de paso, un agradecimiento, una promesa para el futuro.